La madrugada del pasado martes 9 de diciembre, Femés amaneció con varios de sus símbolos culturales e históricos dañados: la escultura de Mararía apareció cubierta con pintura gris metalizada por diferentes zonas y varios muros del pueblo —entre otros una pared de la iglesia de San Marcial del Rubicón— también fueron vandalizados con grafitis.
El Ayuntamiento actuó con rapidez y el mismo martes, nada más tener conocimiento de los hechos, envió a operarios municipales para limpiar las superficies de los muros afectados y eliminar las pintadas, además de ponerse en contacto con la autora de la escultura, Cintia Machín, de cara a valorar los daños en la obra para su restauración.

La escultura de Mararía fue creada por encargo municipal como homenaje al personaje literario de Rafael Arozarena y a su estrecha relación con Femés. Una obra que se ubica a los pies del mirador, uno de los rincones más visitados del pueblo, lo que multiplicado el impacto del ataque entre vecinos y visitantes.
En conversación con esta revista, la escultora Cintia Machín confirma que ha estado en contacto con el Ayuntamiento desde el primer momento para valorar el alcance de los daños y estudiar la posible restauración de la obra. “La escultura sí tiene solución, pero es una faena porque peligra el volumen”, admite la artista, quien explica que la capa de spray metálico se ha adherido también a la pintura original, por lo que será necesario raspar toda la superficie, retirar incluso parte del acabado primitivo y repatinar nuevamente toda la escultura para intentar llevarla a la tonalidad original. Además, al tratarse de una pieza artesanal, que no se puede duplicar, tendrá que apoyarse en fotografías y en su propia memoria del proceso creativo para intentar recuperar la apariencia original.

Libertad de expresión sí, pero con respeto a los demás y al patrimonio
Como artista, Cintia Machín reconoce el valor del grafiti y del lenguaje visual como forma de expresión y de opinión, pero con un límite claro: “tu libertad termina donde empieza la de otra persona o artista y, en este caso, traspasó no solo la mía sino la de todos los ciudadanos que vivimos en esta isla”.
La artista se muestra especialmente indignada por el daño ocasionado, no solo en lo personal, porque “yo no he hecho daño a nadie con esta obra sino todo lo contrario, es un homenaje para resaltar la obra de Arozarena”, sino también por el ataque que supone a esta figura literaria y a su obra, así como a un bien patrimonial «que es de todos y debemos cuidar entre todos”.
Le preocupa, además, la lectura de fondo. “Hay que reconsiderar la manera en la que estamos educando”, reflexiona la escultora, porque lo que se ha agredido no es un simple objeto urbano, sino un bien cultural compartido. “Lo principal es respetar nuestros patrimonio, que nos concierne a todos, no sólo a una persona, y manifestarse a través del grafiti o de cualquier otro lenguaje de manera controlada porque hay formas y soportes para hacerlo sin dañar el mobiliario urbano ni una obra de arte”.



